24/07/2007 Fuente: El Centro para la Bioética y la Dignidad Humana

Envejecer exitosamente: Cómo vivir el final de la vida para la gloria de Dios

John T. Dunlop

Si queremos encarar correctamente los acuciantes desafíos bioéticos del final de la vida que enfrenta la gente mayor, como el suicidio asistido por médicos y el racionamiento del cuidado de la salud basado en la edad, necesitamos una mejor comprensión de la vejez misma. Tenemos que hacernos algunas preguntas muy básicas pero esenciales.

 

¿En qué podemos encontrar el significado último de la vida? ¿En la comodidad y el bienestar de nuestra existencia terrenal? Este sería el argumento de una posición centrada en el hombre. ¿O acaso las respuestas últimas se encuentran sólo en Dios? ¿Somos seres físicos atados al espacio y el tiempo transitoriamente, o somos seres espirituales que aspiran a un nivel superior de realidad espiritual? Las actitudes que llevamos a los últimos años de nuestras vidas y las decisiones que respaldan a menudo expresan si Dios o las preocupaciones humanas están en el centro de nuestras vidas.

 

En su libro Full of Years, Aging and the Elderly in the Bible and Today (1987), Stephen Sapp, Profesor de Estudios Religiosos de la Universidad de Miami, ilustra cuán antitética es una cosmovisión centrada en el hombre a una visión realmente cristiana. Esta clase de visión refleja lo que Chuck Colson y otros han llamado el “reino del hombre”, mientras que una visión cristiana debería centrarse no en el uno mismo sino en Dios. La pasión de los cristianos debería ser ver la gloria de Dios realizada en cada aspecto de la vida. Es esta pasión por la gloria de Dios que debería dictar muchas de las decisiones que los cristianos toman al final de la vida.

 

En este artículo me gustaría proponer que el principal valor que deberíamos promover en nuestras vidas cristianas es que Dios sea glorificado. Debemos buscar reprimir los valores de este mundo y abrazar a Dios mismo como nuestro único valor. Esto representa un desafío para la Iglesia. Una meta importante de nuestras iglesias debería ser equipar a las personas para que vivan sus últimos días, y finalmente mueran, con una pasión por la gloria de Dios. Tristemente, muchos cristianos profesantes sólo dan gloria a Dios de labios para afuera. Las elecciones que hacen al final de sus vidas revelan sus verdaderos valores. Demasiado frecuentemente ponen mayor énfasis en su propio placer y comodidad, y pierden la pasión que alguna vez afirmaban por la gloria de Dios.

 

Si bien probablemente no estemos preparados para aceptar el dolor, el sufrimiento y la discapacidad, son cosas que suelen confrontarnos en nuestros últimos años. Estas dificultades pueden desafiar la fe de una persona así como la de su cuidador u otros amigos cercanos. La salud declinante plantea varios problemas. Primero, existe un problema básico de teología: ¿Podemos contemplar las dificultades de los últimos años y seguir afirmando que Dios es fuerte y amoroso? Segundo, hay un problema sociológico: ¿Podemos encontrar la ayuda y el apoyo que necesitamos al final de la vida en las relaciones que tenemos?

 

Consideremos primero la cuestión teológica. Los salmos nos ayudan mientras luchamos por encontrar significado en las dificultades de la vida. Una de las afirmaciones centrales aparece en el Salmo 62. Leemos aquí: “Una cosa ha dicho Dios, y dos veces lo he escuchado: Que tú, oh Dios, eres poderoso; que tú, Señor, eres todo amor” (Salmos 62:11, 12).

 

Hay tres opciones para explicar las dificultades de la vida que no parecen correctas según nuestra perspectiva. Primero, está la posibilidad de que Dios no nos ama. Él sabe bien que estamos pasando por dificultades, pero no le interesa lo suficiente como para ayudar. Segundo, la posibilidad de que Él no sea fuerte. Le gustaría mucho intervenir a favor de nosotros, pero la situación escapa a su control. No puede ayudar. Sin embargo, el salmista afirma que Dios es a la vez amoroso y fuerte. Por lo tanto, la tercera es la única opción disponible: Él tiene propósitos para nuestro dolor y sufrimiento que no entendemos. Debemos aceptar por fe que Dios está plenamente en control aun cuando las cosas no están bien desde nuestro punto de vista.

 

En segundo lugar, existe también una dimensión sociológica del envejecimiento al cual deben responder nuestras iglesias. A los creyentes se les ordena “ayudarse unos a otros a llevar sus cargas, y así [cumplir] la ley de Cristo” (Gálatas 6:2). Este mandamiento es un encargo de ayudar a los demás. A la vez, obliga a las personas a permitir que otros las ayuden. Los años de la vejez a menudo nos enseñan cómo depender más de los demás. Existe ciertamente un ministerio de dependencia. La Iglesia es una comunidad que debe caracterizarse por la verdadera comunión. Debemos participar en la vida de cada uno, lo cual significa compartir los sufrimientos del otro. Frecuentemente vemos que el dolor y el sufrimiento pueden reducirse cuando son compartidos dentro de una comunidad afectuosa. Debe ser una de nuestras metas en la Iglesia desarrollar una comunidad que pueda sentir profundamente el dolor del otro. Una de las formas en que Dios es glorificado en su Iglesia es cuando los miembros desarrollan una profundidad de comunión adecuada que les permite llevar sus cargas mutuamente (Efesios 3:21).

 

Al acercarnos al final de la vida, debemos tener la fuerte intención de considerar a la muerte como un tiempo en que Dios debe ser glorificado. Pablo afirmó esto cuando escribió: “sea que yo viva o muera, ahora como siempre, Cristo será exaltado en mi cuerpo” (Filipenses 1:20). Dios es glorificado cuando Cristo es exaltado. En la cultura actual hay muchas fuerzas que quieren impulsarnos a centrarnos más en nosotros que en la gloria de Dios al final de la vida. Entonces, ¿cómo debemos encarar la muerte de una forma que glorifique a Dios? Es imperativo que nuestras iglesias enseñen a los creyentes a anhelar a Dios, a morir al yo, a confiar en Dios y a reconocer que, en Cristo, la muerte ha sido derrotada (Gálatas 2:20, Colosenses 2:13-15). La Iglesia debe enseñar una teología de un “Dios grande”, una en la que las dificultades de la vida pueden llevar a la adoración en vez del cuestionamiento y la rebelión. La Iglesia necesita enseñar el significado del sufrimiento de forma que los creyentes tengan un fundamento sobre el cual apoyarse cuando enfrenten tiempos difíciles. Como mencioné arriba, la Iglesia también necesita fomentar relaciones profundas dentro de ella que serán sustentadoras al final de la vida. Finalmente, los líderes de la iglesia necesitan ayudar a que las personas tomen decisiones sabias con relación al final de la vida. La Iglesia necesita poder facilitar discusiones familiares acerca de estas cuestiones y brindar una base teológica para las decisiones. Cuando las familias escogen no buscar un cuidado agresivo sino cuidar de sus seres queridos en el hogar, la iglesia necesita brindar ayuda práctica y aliento.

 

Demasiado frecuentemente los cristianos sucumben al mito de que Dios sólo es glorificado cuando hacemos grandes cosas para Él. Sin embargo, la gloria de Dios a menudo puede verse no en nuestra fortaleza, sino en nuestra debilidad. El mayor ejemplo que el mundo ha visto de la gloria de Dios ocurrió a través de una muerte agonizante sobre una cruz. Así que, en nuestras vidas, al acercarnos a nuestros últimos días, vivamos y muramos para la gloria de Dios. CBHD

 

Traducción: Alejandro Field

Artículo original: Successful Aging: Living the End of Life to the Glory of God

 

Copyright 2001 por The Center for Bioethics and Human Dignity

 



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