28/07/2007 Fuente: Razones para Creer

Altura, profundidad, dirección

Alejandro Field

Me gusta observar los pájaros. No sólo por lo hermoso de sus movimientos y de su aspecto, sino especialmente por su libertad para moverse y escapar de las limitaciones en las que nos movemos nosotros, los humanos. En un momento, un pájaro está en mi jardín, restringido a un movimiento relativamente torpe en la tierra, y en el otro levanta vuelo con tremenda facilidad y puede estar en otro jardín, en un árbol, o en otra ciudad. Envidio su capacidad de ver las cosas desde una perspectiva mucho más amplia y abarcadora. Como cuando uno mira desde un avión las mismas casas y carreteras que transita a diario con un aspecto y proporción completamente diferentes.

 

Al mirarlos y pensar en estas cosas no puedo dejar de pensar en la vida en el espíritu a la que nos llama el Señor, una vida que debe poder trascender las limitaciones diarias para “cobrar vuelo”. No sólo cuantitativamente, sino cualitativamente, con una dimensión adicional. Necesitamos “volar” con nuestra imaginación para tratar de ver nuestra vida o nuestra misión como las vería el Señor, sin las restricciones de lo cotidiano o lo conocido. A veces nos hace bien cerrar los ojos y tratar de imaginarnos todo lo que podríamos hacer en un año, o en cinco. Extendernos más allá de nuestras limitaciones y temores, de los “no se puede” o “nunca se hizo” para “conquistar el mundo”. Es una técnica muy frecuente en charlas motivacionales o libros de autoayuda, y también puede ayudarnos en la oración privada o grupal. La pregunta es: ¿Por qué no logramos, en general, alcanzar lo que visualizamos o imaginamos, o lo logramos y dura poco? ¿Por qué no alcanza con la altura?

 

Nos falta una segunda dimensión: profundidad. Como los icebergs, lo que demuestra nuestra vida - lo que se ve - es sólo una proporción muy pequeña de lo que somos. En muchos sentidos, lo importante es lo que no se ve. Lo que da sustento a lo exterior, lo que permite resistir los embates. Una de las enseñanzas más importantes que dio Jesús es la denominada Parábola del Sembrador, aunque un nombre más preciso sería la Parábola de las Semillas. Se encuentra en Mateo 13:3–8, con la explicación de Jesús inmediatamente después, en los versículos 18–23. Notemos el segundo caso, la semilla que cae en terreno pedregoso. Dice que “brotó pronto, porque la tierra no era profunda”. La explicación del Maestro: “El que recibió la semilla que cayó en terreno pedregoso es el que oye la palabra e inmediatamente la recibe con alegría; pero como no tiene raíz, dura poco tiempo”. ¡Una estrella fugaz! ¡El artista o el deportista del momento! ¡El personaje de moda! Aparecen rápidamente… y desaparecen rápidamente.

 

Ahora bien, todos conocemos personas que tienen tanto una gran visión - altura - como una gran vida interior - profundidad -, pero que no logran dar fruto verdadero y duradero. Se quedan en proyectos y planes. Piensan pero no hacen. O hacen pero no logran algo valioso y duradero. ¿Faltará otra dimensión? Sin duda.

 

Necesitamos tener dirección. Necesitamos saber hacia dónde dirigir nuestros esfuerzos y en qué invertir el escaso tiempo que tenemos. También tenemos que aprender a decir “no” cuando entendemos que decir lo contrario nos aleja de la dirección que hemos marcado. En realidad, en medio de tantas voces, presiones, ruido y confusión, hoy es más importante saber adónde no ir que adónde ir. Cuando miramos hacia atrás, cualquiera de nosotros, ¿no es cierto que en varias encrucijadas de nuestra vida tendríamos que haber optado por el otro camino, que muchas cosas que hicimos resultaron una pérdida de tiempo, que escuchamos la voz equivocada entre la multitud? Nos gustaría no haber tomado tantas decisiones erradas en el pasado, y nos gustaría no malgastar nuestro tiempo y nuestra energía de aquí en más.

 

Así que necesitamos mejorar simultáneamente las tres dimensiones de nuestra vida para ser realmente productivos: altura, profundidad y dirección. Pero, ¿cómo se logra trascender las limitaciones de nuestra vida cotidiana, construir una base sólida y no equivocar el rumbo?

 

Para el cristiano, una de las principales formas de habituarse a ver las cosas cómo Dios las ve es mediante la lectura sistemática, completa y constante de la Biblia. La experiencia de quienes tienen este saludable hábito - en contraposición con la costumbre de usar piezas sueltas de la revelación escrita para acomodarlas a nuestras ideas previas o de los líderes o ideas de moda - es que nuestra mente se va alineando con la mente de Dios, las ideas del mundo van desapareciendo y empezamos a ver los mismos problemas y situaciones anteriores de otra forma. Esto nos da altura, perspectiva.

 

En cuanto a la profundidad, la asociamos con la oración y la meditación. Yo aclararía que no se trata de la oración apresurada, la lista de pedidos o agradecimientos, o repetir la oración final del devocional del día. Se trata de pasar tiempo con el Señor, sin apresuramientos, dejando que el Espíritu Santo nos muestre cómo somos realmente y pidiéndole que nos haga cada vez más como era y es Jesús en su ser más interior, para que podamos ser como Él en su accionar.

 

Más difícil es definir la forma de lograr dirección en la vida del cristiano. Por un lado, sabemos que la Biblia nos da pautas y el Espíritu Santo en nosotros nos habla de distintas formas. Sabemos que otros cristianos, especialmente los más cercanos y espirituales, nos pueden ayudar a tomar decisiones. También aprendemos del pasado, de nuestros errores y aciertos. El sentido común no deja de funcionar cuando conocemos al Señor, y debemos usarlo sin temor. Pero existe un elemento especialmente importante en esta área: el accionar del enemigo. Y el orden de esta lista anterior refleja exactamente cuál es su mayor fuerza: no darnos cuenta de su existencia o de su accionar. O de sus intenciones. ¡Qué mejor para el que vino para “robar, matar y destruir” que una gran empresa, con visión y sólido fundamento, dirigida en el sentido erróneo! Planes, recursos, gente, estructura, tiempo, y aun oraciones… para algo que está mal encaminado.

 

Hay personas que tienen la capacidad de ver lejos e imaginarse grandes proyectos, y otros que son muy hábiles para inspirar a otros a seguir esos proyectos, tanto fuera como dentro de la iglesia. Están siempre soñando, siempre motivando, siempre optimistas. “¡Sólo imagínalo, sólo dilo, y se cumplirá!”. “¡Tú puedes!”. “¡Reclama esa palabra para ti!”. Pero la visión sin profundidad y dirección no dista de lo que nos ofrecen estante tras estante de la sección de autoayuda de las librerías actuales.

 

Hay otras que tienen una vida devocional profunda, dedicándose a la oración y el ayuno constante. Todo su mundo gira alrededor de ellas, de sus sentimientos, de su experiencia con Dios, de su “sanidad interior”, de lo que “Dios le dijo”. Leen y estudian la Biblia, pasan horas en su “aposento interior”, para refugiarse en lo que único que saben hacer apenas encuentran problemas en el turbulento e incierto mundo de las relaciones humanas afuera. Profundidad sin altura y dirección. Egoísmo y aislamiento.

 

Ambas dimensiones - altura y profundidad - son necesarias, juntas, para ser un cristiano completo, según el modelo de Jesús. Pero aun juntas no son suficientes. Necesitamos la dirección correcta, el rumbo cierto. Y esta información puede ser muy difícil de conseguir, y muy fácil de tergiversar. La altura y la profundidad nos preparan para emprender el camino, pero queremos que el camino sea el correcto y el tiempo dedicado a recorrerlo, bien usado. Necesitamos estar ejercitados en la obediencia, para no escoger lo que mejor nos parece, lo que más nos agrada, lo que queda bien, lo que hacen todos y hacer, en cambio, la voluntad del Padre.

 

Como siempre, como en todo, nuestro ejemplo es Jesús. ¿Quién como Él tenía en claro la visión general de su vida y el propósito del Padre? ¿Quién lo superaba en la vida de oración, aun después de días agotadores de trabajo, al punto que sus discípulos le pidieron: “Señor, enséñanos a orar”? Pero, por sobre todas las cosas, ¿quién como Él tuvo en claro en cada momento de su vida la dirección que debía tomar, en obediencia total y aun a costa de su propia vida? Siempre me impresiona el pasaje de Lucas 9:51: “Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén”. Jesús estaba pasando por un momento de gran popularidad y éxito en su ministerio, pero llegó un momento clave en su vida (y en la historia de la humanidad) en que le dio la espalda al “éxito” para “ser llevado como cordero al matadero”. Me llama la atención que el pasaje anterior no mencione explícitamente la muerte o la cruz, cuando Jesús sabía claramente que “ser recibido arriba” vendría después de la muerte espantosa de la cruz e “ir a Jerusalén” era entrar en territorio donde sus enemigos habían jurado matarlo. Se me ocurre pensar que la razón de esta omisión es que, para el cristiano que vive en altura, profundidad y dirección, los “accidentes” en el camino trazado (problemas, satisfacciones, persecución, alegrías, muerte) no tienen la importancia que tiene para los que viven más de acuerdo con los patrones mezquinos del mundo.

 

Busquemos ser cristianos íntegros, con el ejemplo supremo de Jesús. Tratemos siempre de trascender la chatura y la miopía en las que nos quiere encorsetar el mundo (y el mundo metido en la iglesia), pero no usando las técnicas de ese mismo mundo, sino saturando nuestras mentes con la Palabra pura de Dios. Dediquemos tiempo a la oración, no sólo la apresurada sino especialmente la que lleva tiempo y donde no entra el ritmo acelerado e infernal (adj. ¡Perteneciente o relativo al infierno!) del mundo. Y, sobre todo, busquemos en todo momento la dirección divina, para ser productivos y evitar la trampa del enemigo, que no le preocupa que hagamos muchas cosas, siempre que no sean las que Dios quiere que hagamos.

 

Mayo de 2005



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