28/07/2007 Fuente: Reasons To Believe

El plan de Dios para la humanidad: ¿el paraíso restaurado o el paraíso reemplazado?

Hugh Ross y Mick Ukleja

Los cristianos discuten y se dividen por muchos asuntos, desde temas fundamentales, como la doctrina del libre albedrío, hasta tema periféricos, como la edad de la tierra. Irónicamente, algunas de las preguntas menos sustanciosas generan los debates públicos más fuertes, mientras que las más importantes reciben menos atención. Una de estas polémicas ignoradas tiene consecuencias significativas para la cosmovisión, y es una pregunta cuya respuesta agrupa al cristianismo junto con las demás religiones teístas o deístas, o la pone claramente aparte.

 

La pregunta multifacética es ésta: ¿Cuál es el plan último del Creador para la humanidad? ¿Es una restauración a gran escala del Huerto del Edén, es decir, un paraíso terrestre, o es una creación completamente “nueva”, más allá de los confines del universo? ¿Qué es el “cielo” que aguarda a quienes reciben su oferta de salvación eterna?

 

Una consideración del cuadro general, una mirada a lo que la Palabra de Dios dice en respuesta a este conjunto de preguntas, puede arrojar una luz invalorable al tema de la creación y centrar nuestra atención en los temas que más importan. El concepto del futuro que tiene una persona influye sobre su respuesta a los sucesos del presente y del pasado.

 

El libro de Apocalipsis ofrece el mejor punto de partida para esta investigación. De hecho, sus últimos capítulos tal vez sean el mejor lugar para que una persona comience a leer la Biblia. Lejos de quitar el suspenso, esta lectura empezando por el final de la historia aplaca el temor y produce una esperanza viva y saludable. Y la esperanza, según Romanos 5:3-5 y 1 Juan 3:3, nos lleva a través de las dificultades de nuestra existencia marcada por el pecado y nos hace seguir avanzando en el proceso de purificación de Dios.

 

La historia de la redención culmina con este grito triunfante: “¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Apocalipsis 21:3, 4).

 

¿En qué contexto disfrutará la humanidad redimida las glorias de una comunión cara a cara con Dios? ¿Será aquí, en este planeta, en este universo? De nuevo, la Biblia da la respuesta. Apocalipsis 21 identifica nuestro destino como “un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir...” El Rey de reyes declara: “¡Yo hago nuevas todas las cosas!”. La mayor parte del capítulo está dedicado a una descripción sobrecogedora de la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén. Sus características magníficas no sólo extienden los límites de la imaginación humana sino revelan también que las leyes físicas conocidas ya no existen.

 

En este pasaje, Dios nos da un adelanto del cumplimiento de Romanos 8:22, 23. Toda la creación “gimiente” –su tiempo y espacio, materia y energía, y “nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu”– recibe su liberación de “la corrupción que esclaviza”. Este es el momento de “nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo”.

 

La liberación de la humanidad de la muerte y la corrupción es el punto focal del pasaje; sin embargo, la referencia sin duda abarca todo el universo físico, al cual pertenecen el espacio, el tiempo, la materia y la energía. El pasaje parecería sugerir, entonces, que la liberación se aplica aun a las leyes físicas, que comenzaron a regir en el evento de creación cósmico. Son, por lo tanto, finitas, y Aquel que las creó les pone fin tan pronto han cumplido con su propósito.

 

Decir que el universo y sus leyes termodinámicas son eternos significa contradecir tanto la Biblia como el registro de la naturaleza. Decir que el pecado de Adán y Eva introdujo aquellas leyes es pasar por alto tres doctrinas bíblicas. Primero, la rebelión contra la autoridad de Dios, es decir, el “pecado”, existió antes de la rebelión de Adán en el Edén. La Biblia no registra exactamente cuándo pecó Satanás, pero sin duda ese suceso antedata su irrupción en el Edén. Podría haber ocurrido antes de que la tierra fuera formada. Job 38:7 dice que los ángeles, de los cuales Lucifer era uno, estuvieron presentes cuando Dios puso los fundamentos de la tierra.

 

Segundo, Dios decidió permitir la entrada de Satanás en Edén. La doctrina de la omnipotencia y omnisciencia de Dios lleva a la conclusión de que Él tenía un plan para usar la trágica rebelión de Adán y Eva, con todos sus efectos terribles, para producir un futuro mayor y mejor que lo que podrían brindar aun las maravillas del Edén.

 

Tercero, independientemente del momento de la rebelión de Satanás, Dios creó el universo sabiendo que Satanás sería el primero en pecar. En consecuencia, el universo que Él diseñó sería un universo perfectamente adecuado para producir la gloriosa victoria que había planeado. En otras palabras, Él hizo un universo regido por la segunda ley de la termodinámica (y otras leyes) en el cual los humanos serían probados por Satanás, pero con la posibilidad de ser rescatados permanentemente del control de Satanás mediante el amor y la gracia vencedores de Dios.

 

El suceso desencadenante, el marcador temporal, para el suceso de “adopción” culminante se describe en los párrafos finales de Apocalipsis 20. Satanás y sus secuaces han sido enviados a su perdición ineludible, y sus cautivos se paran frente al tribunal de Dios para recibir la penalidad, que insisten en pagar, por su falsa autonomía. En otras palabras, la conquista del mal por parte de Dios, que fue “consumada” en la cruz del Calvario, ha sido concretada completamente en este punto. Esto es, en parte, una repuesta a la pregunta: “Si existe un Dios todoamoroso, entonces ¿por qué existe el mal?”. La respuesta es que el mal está en proceso de ser derrotado, y la humanidad tiene el privilegio de asociarse con Dios en esa batalla para conquistar el mal. El resultado es que un día todo lo que es malo –todo lo que es irredimible– será puesto en cuarentena en un lugar llamado “infierno”. El resultado es que la nueva creación estará eternamente segura. La fuente de la tentación ya no podrá entrar en contacto con las criaturas que Dios hizo para su propio deleite eterno.

 

Uno puede inferir razonablemente que el plan y el propósito de Dios para la creación, según lo describe Génesis 1 y se amplifica en otras partes de la Biblia, se han cumplido. Ese plan involucra la conquista del mal, que fue introducido no en el momento de la caída de Adán y Eva en el pecado, sino más bien cuando Lucifer se rebeló. El pecado y sus consecuencias llegaron a la humanidad cuando los primeros humanos cedieron a la tentación de la serpiente. Y esas consecuencias fueron, y siguen siendo, devastadoras.

 

La cosmovisión bíblica que proponemos dice que la caída de Adán y Eva en el pecado cambió radicalmente la raza humana y afectó a todo el planeta. Sin embargo, no cambió todas las leyes físicas del cosmos. Génesis 2 dice explícitamente que Adán trabajó físicamente y comió comida terrenal antes de pecar. Este tipo de trabajo –incluyendo el proceso de digestión– sugiere que la gravedad y la termodinámica, por ejemplo, estaban vigentes antes de la caída, igual que hoy. La existencia de estrellas, incluyendo el sol, también sugiere la operación de las leyes de la termodinámica.1

 

El trabajo y la posibilidad de dolor físico no llegaron como parte de la maldición que Dios pronunció en el momento del pecado de Adán y Eva. Dios diseñó el trabajo productivo para que sea satisfactorio y deleitable.2 Dio a Adán y Eva un trabajo antes que cometieran ningún pecado.3 Sin embargo, el pecado destruyó tanto la productividad como la alegría de su trabajo. Esta destrucción sigue haciendo que el trabajo sea frustrante y doloroso.

 

El dolor físico es un compañero necesario del placer físico. Este dolor nos advierte también acerca de un daño inminente. Por lo tanto, la capacidad para el dolor no puede ser considerado como algo malo. La introducción del pecado significa que todos experimentamos más dolor del que sería necesario en otras condiciones. Además, introduce un tipo de dolor completamente nuevo y más agudo: el dolor espiritual y emocional. Cuando una mujer sufre para dar a luz a un niño, su mayor dolor proviene de la conciencia desgarradora de que esta personita, al cual su corazón está vinculado inextricablemente, debe experimentar los tremendos efectos del pecado, tanto dentro como fuera.4 Este dolor opaca completamente el dolor físico de tener un hijo.

 

El fin de ese dolor, el pronunciamiento del juicio de Dios contra él en el Gran Trono Blanco, viene con el fin del universo físico tal como lo conocemos. Apocalipsis no es la única parte de la Biblia donde se indica este punto. El salmista declara:

 

“En el principio tú afirmaste la tierra,
y los cielos son la obra de tus manos.

 

Ellos perecerán, pero tú permaneces.
Todos ellos se desgastarán como un vestido.
Y como ropa los cambiarás,
y los dejarás de lado”.5

 

Isaías dice que “Se desintegrarán todos los astros del cielo”,6 que “como humo se esfumarán los cielos”,7 que Dios “hará un cielo nuevo y una tierra nueva”8 y que “No volverán a mencionarse las cosas pasadas, ni se traerán a la memoria”.9 Jesús proclama que “El cielo y la tierra pasarán”.10 El autor del libro de Hebreos cita directamente el salmo anterior.11 Pedro explica:

 

“Desde tiempos antiguos, por la palabra de Dios, existía el cielo y también la tierra... por esa misma palabra, el cielo y la tierra están guardados para el fuego, reservados para el día del juicio y de la destrucción de los impíos... los cielos desaparecerán con un estruendo espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego... todo será destruido de esa manera... Ese día los cielos serán destruidos por el fuego, y los elementos se derretirán con el calor de las llamas. Pero, según su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia”.12

 

Cuando Cristo ocupe su trono para juzgar a los rebeldes de la tierra, la tierra y el cielo “huirán” de su presencia.13 Obviamente, este trono existirá más allá de los confines de “los cielos y la tierra” que se mencionan en Génesis 1:1. Los seres vivos, los ángeles y los humanos seguirán estando vivos en un lugar más allá de la tierra “muy buena” o “buena en gran manera”. Algunos van al lugar de la “muerte segunda”,14 y algunos permanecen en la gloriosa presencia de Dios. Cuando llega a este punto, Dios no encuentra que este planeta y este cosmos tengan más utilidad.

 

Pero, ¿qué tan nueva es la nueva creación? Es más que una nueva versión o una renovación de la vieja creación. Es completa y radicalmente nueva. Las leyes de la gravedad, el electromagnetismo y la termodinámica han desaparecido. El texto afirma directamente que todo lo asociado con la segunda ley de la termodinámica (descomposición, muerte, dolor, etc.) nunca vuelve a existir.15 La gravedad, tal como la conocemos, ya no existe. (La gravedad no permite una estructura con las dimensiones atribuidas a la Nueva Jerusalén. La gravedad la haría asumir una forma esférica.)16 El electromagnetismo, tal como lo conocemos, ya no existe, porque la luz, en un entorno electromagnético, coexiste con la oscuridad y las sombras. La nueva creación estará llena de “luz” sin ninguna oscuridad o sombras, y sin entidades como el sol, las estrellas y focos como fuentes de iluminación”.17 

 

¿Qué puede decirse, entonces, de versículos del Antiguo Testamento que parecen sugerir que la tierra y el universo durarán para siempre? La interpretación que proponemos debe dar cuenta de los siguientes pasajes:

 

“Todo [el sol, la luna, las estrellas, los altísimos cielos y las aguas que están sobre los cielos] quedó afirmado para siempre; emitió un decreto que no será abolido” (Salmos 148:6).

 

“Sé además que todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; que no hay nada que añadirle ni quitarle; y que Dios lo hizo así para que se le tema” (Eclesiastés 3:14).

 

“Los que instruyen a las multitudes en el camino de la justicia brillarán como las estrellas
por toda la eternidad” (Daniel 12:3).

 

“Las obras suyas [de Dios] estaban acabadas desde la fundación del mundo” (Hebreos 4:3).

 

La palabra hebrea que se traduce como “para siempre” en Salmos 148:6 (también en Eclesiastés 3:14 y Daniel 12:3) es olam. En Salmos 148:6 y Daniel 12:3, la palabra hebrea ‘ad se incluye también en la frase. Estas palabras tienen significados ligeramente diferentes en diferentes contextos (a diferencia de la palabra griega para “para siempre”), y uno de sus significados literales es “continuación prolongada hacia el futuro”.18 A la luz del resto de la Biblia, parece ser ese el significado que se aplica aquí.

 

Muchos eruditos de la Biblia consideran que Eclesiastés 3:14 y Hebreos 4:3 son declaraciones del plan soberano e inmutable de Dios para la humanidad. En otras palabras, Dios ha determinado lo que hará y nada puede cambiar esto. En cuanto a Daniel 12:3, la expresión destacada “por toda la eternidad” parece describir, en el contexto del pasaje mayor, a “los que instruyen a las multitudes en el camino de la justicia”.

 

Mejor que el Edén19

 

Un argumento a favor de una creación completa y radicalmente nueva viene de 1 Corintios 2:9. En este pasaje, Pablo explica que ningún humano puede “concebir lo que Dios ha preparado para quienes lo aman”. Imaginar o visualizar fenómenos dentro de las leyes de la física y las dimensiones del espacio-tiempo de nuestro universo, ciertamente es posible. Podemos imaginarnos, al menos de una forma limitada, cómo podría haber sido Edén o una tierra renovada si pudiéramos ir allí, pero nosotros, los humanos, simplemente no podemos imaginarnos la vida en un mundo más allá de las dimensiones y las leyes físicas de nuestro universo.

 

Dios ha prometido a quienes creen en Él una recompensa mucho más allá de lo que ninguno –independientemente de cuán espiritual e imaginativo sea– pueda concebir. Además, la doctrina del cielo es una de las principales distinciones entre el cristianismo y otros sistemas de creencias. Muchas sectas, por ejemplo, prometen un paraíso atado a la tierra (o atado a un planeta), repleto de placeres físicos, incluyendo el placer sexual. El cristianismo promete una liberación del paraíso terrestre, no importa cuán magníficamente se restaure su condición. En cierto sentido, todo paraíso terrenal puede ser comparado con Egipto en el tiempo de Moisés. Era una tierra de esplendor y abundancia, pero también era una tierra de esclavitud.

 

La esclavitud de un tipo u otro está asociada inherentemente a las leyes de la termodinámica. Si eliminamos la ley de la entropía, por ejemplo, no hemos eliminado toda la descomposición en el universo. Al envejecer las personas, observan que ciertas partes de su cuerpo comienzan a perder la batalla con la gravedad. La piel se descompone ante la exposición durante mucho tiempo a la radiación electromagnética.

 

Tal vez el aspecto más significativo de la esclavitud del Edén tiene que ver con el tiempo. Nuestros padres originales estaban confinados, como seguimos estándolo nosotros, los humanos, a una única dimensión del tiempo. El avance del tiempo hacia delante no puede ser ni detenido ni revertido. Esta línea del tiempo nos limita a cada uno de nosotros a sólo unas pocas relaciones íntimas durante nuestra vida. De hecho, el nivel más profundo de intimidad posible en esta creación, dentro o fuera del Edén, puede ser experimentado con sólo otro humano a la vez. Por esta razón Dios nos dio el matrimonio, el matrimonio monógamo.

 

Jesús dice a sus seguidores que en la nueva creación no habrá matrimonio y, evidentemente, no habrá relaciones sexuales o familias nucleares.20 La relación que todos los creyentes disfrutarán con Cristo y entre sí se asemeja a un matrimonio. Jesús se refiere a menudo a los creyentes en la nueva creación con pronombres singulares y plurales.21 Somos, dice, su esposa, y todos seremos como uno, como Él y el Padre (y, por supuesto, el Espíritu Santo) son uno. La unidad de la Deidad sugiere que el Padre, el Hijo y el Espíritu están en comunicación y comunión continua entre sí. Para que nosotros podamos experimentar una unidad comparable necesitamos estar también en comunicación y comunión continua entre nosotros y con Él. De alguna forma, la nueva creación nos permitirá comunicarnos y relacionarnos con miles de millones de otras personas a la vez y estar siempre en perfecta armonía.

 

Con esta nueva capacidad de conocer y ser conocidos, de amar y ser amados, nuestra necesidad y deseo de un matrimonio y una familia estarán cubiertos más que plenamente. Según la promesa de Dios, disfrutaremos continuamente de algo superior a los placeres de la mejor de las relaciones terrenales, incluyendo el matrimonio, con todos los demás creyentes simultáneamente. Sean cuales fueran las responsabilidades que Él nos asigne, éstas serán cumplidas con un gozo completo y sin obstáculos. Así como este universo fue diseñado para el propósito de la Redención, esta nueva creación está diseñada para la Recompensa.22 De hecho, aun nuestra comprensión limitada del lugar que nos está preparando da un significado nuevo a esa palabra.

 

Traducción: Alejandro Field

Artículo original: God’s Plan for Humanity—Paradise Restored or Paradise Replaced?

Referencias:

  1. Job 38:33.
  2. Eclesiastés 3:13.
  3. Génesis 1:28.
  4. Génesis 3:16.
  5. Salmos 102:25, 26.
  6. Isaías 34:4.
  7. Isaías 51:6.
  8. Isaías 66:22.
  9. Isaías 65:17.
  10. Mateo 24:35.
  11. Hebreos 1:10-12.
  12. 2 Pedro 3:5-13.
  13. Apocalipsis 20:11.
  14. Apocalipsis 20:14.
  15. Apocalipsis 21:4.
  16. Apocalipsis 21:16, 17.
  17. Apocalipsis 21:23, 22:4.
  18. R. Laird Harris, Gleason L. Archer, Jr., and Bruce K. Waltke, Theological Wordbook of the Old Testament, v. 2 (Chicago: Moody Press, 1981), 673.
  19. Ver Hugh Ross, capítulo 17 de Beyond the Cosmos, 2nd ed. (Colorado Springs, CO: NavPress, 1999).
  20. Mateo 22:29, 30; Lucas 20:34, 35.
  21. Juan 17:11, Romanos 12:5, 15:5, 6, Apocalipsis 21:9-27.
  22. Mateo 5:12, 16:27; Lucas 6:23, 35; 1 Corintios 3:14; Efesios 6:8; Colosenses 3:24; Hebreos 11:26; Apocalipsis 22:12.



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