28/07/2007 Fuente: Reasons To Believe

El día largo de Josué y las computadoras de la NASA: ¿Es verídica la historia?

Robert C. Newman

Desde 1970 han aparecido varias versiones de una historia apasionante de “apologética científica” en libros, diarios y revistas de Estados Unidos, y más allá también. Muchas personas han leído la historia o la han oído, y se la han pasado a otros, creyendo que es un relato digno de crédito. Como cristiano y como científico, sentí la obligación de verificar la veracidad de la historia por mí mismo y compartir lo que encontrara con otros. Espero que mis hallazgos sirvan de exhortación así como de precaución.

 

Según la historia –generalmente titulada “El programa espacial confirma la Biblia”, o algo por el estilo–, Harold Hill, presidente de Curtis Engineering y consultor del programa espacial, informa que los científicos espaciales de Greenbelt, Maryland, se toparon con un gran “problema” mientras verificaban los datos de sus computadoras relacionados con las posiciones orbitales futuras del sol, la luna, los planetas, etc. Supuestamente, el problema resultó ser un día faltante en el pasado, un día que uno de los integrantes del equipo, que era religioso, identificó para los otros, que no eran religiosos, como el día en que el sol se detuvo para Josué (Josué 10:12-14).

 

Sin embargo, el problema continuó, según la historia, porque sólo faltaban 23 horas y 20 minutos en el tiempo de Josué, dejando 40 minutos sin explicación. Luego, la misma persona recordó que la sombra del sol se movió hacia atrás diez escalones –exactamente 40 minutos, dice la historia– en la escalinata de Acaz durante el tiempo de la enfermedad de Ezequías (2 Reyes 20:10, 11). La historia finaliza con una declaración triunfante de que Dios está fregándoles en las narices a los científicos la verdad de su Palabra.

 

Naturalmente, muchos cristianos se han entusiasmado y siguen entusiasmados por la historia. Nos encanta leer y oír cómo los hallazgos científicos apoyan nuestra fe, pero también las Escrituras nos ordenan “examinarlo todo; retener lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). A menudo, sin embargo, estamos demasiado apurados y ansiosos como para hacer esta verificación. Ciertamente no queremos aparecer ante nuestros compañeros creyentes como demasiado escépticos o críticos.

 

William Willoughby, el editor religioso del Evening Star, de Washington, D.C., fue el primero, creo, en hacer el seguimiento de esta historia y publicar lo que encontró. En su columna, “Washington Perspective”, del 8 de octubre de 1970, Willoughby informó que, cuando se puso en contacto con el Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA, en Greenbelt, nadie sabía nada acerca de los hechos que cuenta la historia. Willoughby se contactó entonces con Harold Hill, en Baltimore. Hill se aferró a su historia, que aseguró tener de buenas fuentes, pero dijo que no podía ubicar su documentación.

 

Estos hechos, por sí solos, arrojan una sombra sobre la historia, pero las dudas aumentan cuando se examinan algunos detalles de la historia misma. La historia dice que las computadoras fueron las que detectaron los errores. Pero, ¿es posible este tipo de detección? Piense que, para que las computadoras o sus programadores humanos puedan detectar un día faltante, los programadores deben ingresar un marcador de tiempo fijo que sea anterior al día faltante. Más aún, la historia sugiere que los científicos encontraron no un día, exactamente, sino 23 horas y 20 minutos en un tramo de la historia (entre 1400 y 1250 a.C., según la mayoría de los eruditos), y los 40 minutos restantes en otro tramo (alrededor de 700 a.C.). Así que, en este caso, necesitamos dos puntos fijos: uno antes del tiempo de Josué y otro entre el tiempo de Josué y el de Ezequías. Estos puntos fijos deben ser conocidos por los astrónomos y los historiadores con una precisión de unos pocos minutos para que sea posible la detección de una discrepancia tan exacta.

 

Un método que podría brindar alguna precisión serían las observaciones registradas de los eclipses totales del sol, porque éstos son totales sólo a lo largo de trayectorias estrechas y sólo por unos pocos minutos en cualquier lugar específico. Sin embargo, el eclipse de sol más antiguo que ha podido fecharse ocurrió en el año 1217 a.C, después del tiempo de Josué (ver “Eclipse”, Enciclopedia Británica, edición de 1970). En todo caso, las observaciones de eclipses antiguos no eran dadas con una precisión de unos pocos minutos, ni siquiera en la hora local. Por lo tanto, la confirmación de las 23 horas y 20 minutos, o aun de 24 horas, sigue estando, al día de hoy, más allá de los cálculos humanos o computarizados. Basándome en esto solamente, debo considerar la historia de las computadoras como un rumor falso. Sin embargo, aun sin estas cuestiones acerca de las computadoras, encontré otra base para mi conclusión: los detalles principales de esta historia son más antiguos que la NASA o el cálculo electrónico. En su libro, Harmony of Science and Scripture, publicado en 1936, Harry Rimmer relata la siguiente historia (páginas 281 y 282):

 

Hay un libro del Prof. C. A. Totten, de Yale, escrito en 1890, que afirma el caso a favor de la confiabilidad de la Biblia más allá de toda sombra de duda. El relato condensado de su libro, resumido brevemente, es el siguiente: El profesor Totten cuenta de un profesor colega, un astrónomo consumado, que hizo el extraño descubrimiento de que la tierra estaba desfasada en el tiempo veinticuatro horas. Es decir, se habían perdido veinticuatro horas en el tiempo. Al discutir este punto con su colega, el profesor Totten desafió a este hombre a investigar el tema de la inspiración de la Biblia. Dijo: “Usted no cree que la Biblia sea la palabra de Dios, pero yo sí. Bueno, aquí tiene una gran oportunidad para probar si la Biblia es inspirada o no. Comience a leer desde el principio y lea lo que sea necesario para ver si la Biblia puede explicar el tiempo que le está faltando”.

 

El astrónomo aceptó el desafío y comenzó a leer. Un tiempo después, cuando los dos hombres se encontraron por casualidad en la universidad, el profesor Totten le preguntó a su amigo si había comprobado el tema a su satisfacción. Su colega replicó: “Creo que he comprobado definitivamente que la Biblia no es la palabra de Dios. En el décimo capítulo de Josué encontré explicadas las veinticuatro horas. Luego volví a verificar mis números y encontré que en el tiempo de Josué sólo se habían perdido veintitrés horas y veinte minutos. ¡Si la Biblia cometió un error de cuarenta minutos, no es el Libro de Dios!”

 

El profesor Totten dijo: “Tiene usted razón en parte, por lo menos. Pero ¿dice la Biblia que se perdió todo un día en el tiempo de Josué?”. Así que miraron y vieron que el texto decía: “casi un día entero”.

 

La palabra “casi” cambió toda la situación, y el astrónomo retomó su lectura. Siguió leyendo hasta que llegó al capitulo 38 del profeta Isaías. En este capítulo, Isaías nos ha dejado la historia apasionante del rey Ezequías, quien estaba enfermo de muerte. En respuesta a su oración Dios le prometió agregarle quince años más a su vida. Para confirmar la verdad de su promesa, Dios ofreció darle una señal. Dijo: “Yo haré volver la sombra por los grados que ha descendido con el sol, en el reloj de Acaz, diez grados atrás”. Isaías relata que el rey miró, y mientras miraba, ¡la sombra retrocedió diez grados, los diez grados que ya había avanzado! Esto puso fin a la discusión, ¡porque diez grados en el reloj de sol son cuarenta minutos! Así que la precisión del Libro fue establecida a satisfacción de este crítico exigente.

 

Al comparar el relato de Rimmer con la historia de las computadoras de la NASA, note que ambos incluyen los mismos números: un día completo faltante, 23 horas y 20 minutos en el tiempo de Josúe y 40 minutos en el tiempo de Ezequías. Aquí tenemos, también, el relato dramático de un escéptico que llega a ver la verdad de las Escrituras. Los paralelos entre ambos son obvios, pero debemos volver a Totten también.

 

Charles Adiel Lewis Totten aparece en Who Was Who in America (1:1247) como un profesor de ciencia militar de Yale, entre 1889 y 1892, que renunció para dedicar más tiempo a sus estudios religiosos. Fue un israelista británico que creía que los anglosajones eran las tribus perdidas de Israel, y un adventista, que predijo que el reino del Anticristo ocurriría en el período de siete años entre 1892 y 1899. Entre sus muchos escritos está Joshua’s Long Day and the Dial of Ahaz (El día largo de Josué y el reloj de Acaz), publicado, según informa Rimmer, en 1890. Después de algunos esfuerzos y frustraciones considerables, logré ubicar una copia de la tercera edición revisada, publicada en 1891. Desde entonces la obra ha sido publicada nuevamente por Destiny Publishers, de Merrimac, Massachusetts.

 

La lectura del libro de Totten deparó otra sorpresa: la historia dramática del escéptico convencido no aparece. En cambio, Totten mismo, un no-escéptico en todo momento, intenta demostrar que hay 24 horas faltantes en el tiempo pasado, de las cuales 23 horas y 20 minutos se perdieron en el día de Josué y 40 minutos en el tiempo de Ezequías. Totten no reproduce en realidad los cálculos mediante los cuales intenta probar su caso, sino que simplemente da los resultados. En las páginas 39, 59 y 61 de la tercera edición, surge el dato de que Totten se basa en una supuesta fecha de la creación –el equinoccio otoñal, el 22 de setiembre de 4000 a.C. (pág. 61)– como el punto fijo “conocido” antes del día largo de Josué. Como él considera que el primer día de la creación fue un domingo, según su comprensión de las Escrituras, y encuentra que calculando hacia atrás a partir del presente el 22 de setiembre de 4000 a.C. caería un lunes, Totten concluye: “... no puede llegarse a esto por la matemática sin la interpolación o “intercalación” de exactamente 24 horas” (pág. 59).

 

La presentación de Totten oscurece su método de descubrimiento. Aparentemente comenzó con 24 horas faltantes, luego decidió a partir de los diez “escalones” faltantes en el incidente de Ezequías asignarle 40 minutos a ese suceso (ya que el sol se mueve unos 10 grados en 40 minutos), dejándole 23 horas, 20 minutos a Josué. Pero Totten no ha mencionado ningún punto fijo entre los tiempos de Josué y Ezequías y, por lo tanto, no tiene forma de mostrar, independientemente del material de la Biblia o de otra forma, que se justifica este tipo de división del tiempo total. El trabajo de Totten no provee ningún apoyo objetivo de los relatos bíblicos.

 

Totten sí cita la fuente de su fecha exacta de la creación. Fue calculada por la British Chronological Association (Asociación Cronológica Británica). Este grupo, liderado por el cronologista principal, Jabez Bunting Dimbleby, solía publicar un almanaque titulado All Past Time (Todo tiempo pasado), en que decían poder llevar la cuenta de cada día desde la creación. Su almanaque de 1885 sugería que establecieron su cronología sumando los números dados en el Antiguo Testamento, usando una especulación generosa con relación a los antiguos métodos para mantener alineados los calendarios lunares y solares. Este libro es impresionantemente técnico, pero unos pocos minutos de lectura me convencieron de que su método de interpretar las Escrituras es a menudo arbitrario. A la luz de la arqueología y una profusión de datos de investigación, hay pocos cristianos –aun entre aquellos que creen que la tierra es mucho más joven que lo que los geólogos están dispuestos a reconocer– que acepten ahora la fecha de 4000 a.C. como la fecha exacta de la creación. El esquema de Totten depende enteramente de conocer esa fecha.

 

En resumen, el trabajo de Totten no tiene ningún fundamento fuera de la Biblia, y es cuestionable si ha entendido correctamente las Escrituras en lo que respecta a su único punto fijo, la fecha de la creación. En algún momento entre el trabajo de Totten en 1890 y el de Rimmer en 1936, parece haber tomado forma una historia, una historia en la que Totten se convierte en espectador y un astrónomo escéptico se convierte en la calculadora. Desde 1936, la historia parece haber sido actualizada con la adición de rasgos de la “era espacial”, donde los científicos del Centro de Vuelos Espaciales de la NASA reemplazan al solitario astrónomo y las computadoras aceleran los cálculos tediosos.

 

¿Tiene esta historia lecciones para nosotros? Creo que sí. A todos los cristianos les gusta ver a los escépticos volverse a Cristo, y podemos vernos tentados a “doblar” la verdad un poco a fin de conseguir un argumento más fuerte. Tal vez racionalicemos que el fin (la vida eterna) justifica el medio (sombrear un poco la verdad). Discrepo fuertemente con esto.

 

A la larga, cuando la verdad sale a la luz, este tipo de distorsiones, aun cuando no sean deliberadas, sólo dan a los incrédulos una base para afirmar que los escritores bíblicos pueden haber sido culpables de la misma cosa: la distorsión. Nuestro intento por “ayudar” a Dios se vuelve, en consecuencia, un argumento a favor de la incredulidad. Mi esperanza es que los cristianos demuestren un celo tan grande por la verdad que los incrédulos se lleguen a convencer de que realmente la tenemos. Haríamos bien en reprender con amor pero con firmeza a los Rimmer y a los Hill, y otros, que dañan nuestra credibilidad. Ellos (y nosotros) debemos ser cuidadosos al verificar nuestras fuentes, especialmente cuando se trata de material que es favorable a nuestra posición. No tenemos ninguna necesidad de inventar historias para hacer quedar bien al cristianismo. Hay excelentes evidencias a favor de la verdad del cristianismo que están disponibles en abundancia. Aquellos que se rehúsan a investigarlo o escogen rechazarlo no tendrán ninguna buena respuesta en el día del juicio. No les demos una buena excusa.—

 

Traducción: Alejandro Field

Artículo original: Joshua's Long Day and the NASA Computers: Is the Story True?



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