05/05/2008 Fuente: Reasons To Believe

Lunes 5 de mayo de 2008

Arrepentimiento intelectual (6)

David H. Rogstad

La semana pasada finalicé diciendo que Pablo no usa argumentos que apelan a la sabiduría humana. Déjeme repetir, sin embargo, que no creo que Pablo esté diciendo que nunca hace argumentos intelectuales cuando trata de convencer a un incrédulo. Hay muchas veces que una persona tiene un tema que bloquea su pensamiento y si queremos que considere otras cosas debemos quitar primero el obstáculo. Esto es de lo que trata principalmente la apologética cristiana. Tenemos la responsabilidad de dar argumentos razonables a favor de nuestra fe (1 Pedro 3:15).


Sin embargo, siempre debemos combinar los mejores argumentos racionales con la evaluación más incisiva de la condición moral humana. Si el “tema” pasa a ser más una cuestión de orgullo para esa persona en vez de algo que sinceramente necesita contestar, entonces no le hacemos ningún bien prolongando la discusión. Debemos reconocer que, al menos cuando se trata de algunas áreas del conocimiento, no podrá tener entendimiento hasta tanto se abra al Espíritu de Dios. Esta es la argumentación de Pablo en los versículos finales (14-16) del segundo capítulo de 1 Corintios:


El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente. En cambio, el que es espiritual lo juzga todo, aunque él mismo no está sujeto al juicio de nadie, porque “¿quién ha conocido la mente del Señor para que pueda instruirlo?”. Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo.


En el versículo 15 encontramos una afirmación notable. Los cristianos seguramente pueden sentirse identificados con la experiencia de encontrarse con alguien que inmediatamente sabían que era diferente, para luego descubrir que también era cristiano. He tenido esta experiencia aun con personas con quienes no podía comunicarme por una barrera de idioma.


Por otra parte, hay otras personas que he conocido por años, que me conocen mejor que nadie, y sin embargo no tienen la menor idea de lo que me motiva en cuestiones de vida, más allá de que es una “cosa de fe”. A veces es frustrante, porque no puedo compartir las cosas más emocionantes de mi vida con una persona que aprecio tanto. Quisiera que me vieran por dentro para que pudieran entender las palabras que estoy usando.


Por supuesto, lo que realmente necesitan es el Espíritu de Dios, y eso es lo que Pablo está intentando explicar. Para conocer realmente las cosas de Dios, debemos tener la mente de Dios. Recibir esta mente equivale a recibir su gracia. Se llama gracia porque es un don gratuito, no basado en ningún mérito nuestro. Él lo dará a todo el que lo pida.


Si bien no podemos hacer méritos para ganarlo, hay un requisito que debemos cumplir primero. Primera Pedro 5:5 nos dice que “Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes”. Debemos acudir a Él en un espíritu de humildad. Por ese motivo, el núcleo esencial de toda clase de arrepentimiento es la humildad. Debemos reconocer nuestra dependencia de Él. Cuando estamos dispuestos a acudir a Él con esta base, Dios nos dará su Espíritu y nos expondrá a cosas que jamás concebimos por nuestra cuenta.


Al menos algunos de los corintios estaban dispuestos a dar ese paso de arrepentimiento.


¿Dará usted ese paso?


Traducción: Alejandro Field
Artículo original: Intellectual Repentance, Part 6 (of 6)

 



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