30/04/2008 Fuente: Reasons To Believe

Miércoles 30 de abril de 2008

Arrepentimiento intelectual (3)

David H. Rogstad

Ayer afirmé que la meta de Pablo (en 1 Corintios 2:1-4) era no sólo convencer las mentes de las personas sino llegar a sus corazones y convencer sus conciencias. Esto se vuelve claro a partir de lo que dice en el versículo 5:


...para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios.


Claramente, este versículo brinda una clave para entender por qué tomó este enfoque al predicar a los corintios, o a cualquier persona para el caso. En última instancia, es la fe la que debe ser estimulada.


Se requiere fe para agradar a Dios. Se nos dice en Hebreos 11:6 que, a fin de agradar a Dios, debemos “creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan”. Para algunos, fe es creer lo que uno sabe que no es cierto, pero creerlo igual, porque de alguna forma uno “se anotará unos porotos” por hacerlo. Sin embargo, en la Biblia la fe es creer o confiar que Dios, después de todo, tiene razón en lo que dice.


Si bien la fe tiene un importante componente racional, es algo más que mero asentimiento mental. La confianza es un componente necesario de toda relación personal, y ciertamente de la relación con Dios. El tipo de fe que cambiará la dirección de sus vidas, que será “la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve” (Hebreos 11:1) exige un fundamento firme. Toda auténtica fe “salvadora” debe estar basada en más que argumentos que suenan bien. En última instancia, la sabiduría humana no está a la altura de las circunstancias.


La fe que Pablo quiere inculcar debe estar basada en un encuentro personal con el Dios vivo mismo. Este encuentro Pablo llama la “demostración del poder del Espíritu”. Ahora bien, ¿qué es precisamente esta demostración? ¿Qué está ocurriendo aquí que excede lo que ocurre en un debate normal?


Vienen a la mente varias respuestas al reflexionar sobre esta pregunta, pero ciertamente una que ocurrió frecuentemente, al menos en tiempos del Nuevo Testamento, es la realización de “señales y maravillas”. Haga un milagro y obtendrá la atención de muchas personas. Jesús llegó a decir a su público: “aunque no me crean a mí, crean a mis obras, para que sepan y entiendan” (Juan 10:38). Las palabras de los apóstoles también eran confirmadas frecuentemente por diversas obras poderosas (Hebreos 2:3-4). Así que es posible que la “demostración” de Pablo aquí para los corintios fuera de naturaleza milagrosa.


Si bien una demostración de este tipo puede haber ocurrido, me da la impresión de que Pablo está hablando de algo mucho más profundo. El contexto apoya una demostración que involucra una convicción interna más que una señal externa. Al fin y al cabo, las señales y maravillas nunca son demasiado convincentes a menos que primero haya un cambio de corazón. Después de eso, son casi innecesarias. Muchas personas saben, de haber tenido que tratar con un adolescente rebelde, que se requiere un milagro mayor cambiar su mente por dentro que obtener su cooperación momentánea. Me gustaría sugerir, entonces, que la “demostración” se refiere más al obrar interno del Espíritu de Dios, estableciendo la autoridad y la verdad de las palabras de Pablo y trayendo la convicción de pecado, que a un acto externo de poder.


Es como cuando Jesús habló en su Sermón del Monte. Después, la gente se asombró, y dijo que “enseñaba como quien tenía autoridad, y no como los maestros de la ley” (Mateo 7:29). La fuerza del argumento se debe no tanto a su atractivo intelectual sino a una autoridad amable establecida por el Espíritu de Dios en el corazón de quien quiere recibirlo.


Mañana veremos cómo la gente ha respondido a esta autoridad amable.


Traducción: Alejandro Field
Artículo original: Intellectual Repentance, Part 3 (of 6)

 



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