28/04/2008 Fuente: Reasons To Believe

Lunes 28 de abril de 2008

Arrepentimiento intelectual (1)

David H. Rogstad

Allá atrás en mis tiempos de estudiante universitario en Caltech (California Institute of Technology), el grupo de confraternidad cristiana que integraba invitó a varios conferencistas para que nos hablaran (y a todos los interesados en la ciudad universitaria) sobre diversos temas vinculados con la fe y la ciencia. Un conferencista fue el Dr. Bernard Ramm, un teólogo bautista que había escrito extensamente sobre cómo incorporar los descubrimientos de la ciencia moderna a la cosmovisión cristiana. En otra ocasión tuvimos un animado debate entre un par de pastores locales y el Dr. Richard Feymann, premio Nobel y físico de Caltech que, si bien era ateo, no era tan antagónico hacia la fe cristiana como algunos ateos hoy.


Un conferencista que recuerdo muy bien era el respetado profesor del Seminario Teológico Fuller, Geoffrey Bromiley. Escogió los comentarios de Pablo en el segundo capítulo de su Primera Carta a los Corintios como su texto para darnos una serie de charlas a los científicos acerca de la necesidad de lo que el llamó “arrepentimiento intelectual”. Su mensaje básico era que, para recibir la gracia de Dios, debemos darnos cuenta de que no tenemos los recursos dentro de nosotros para saber ciertas cosas sin la ayuda de Dios. Hay áreas del conocimiento que no podemos entender por nuestra cuenta, no importa cuán inteligentes podamos ser o cuánta educación tengamos. Si nuestros propios puntos de vista sobre estos temas nos impiden llegar a Dios, la única solución está en arrepentirnos (cambiar nuestra mente). Lo que me gustaría hacer en los próximos días es recorrer este pasaje, siguiendo lo que recuerdo de la charla de Bromiley, y ver cómo nos instruye Pablo.


Cuando Pablo llegó a la ciudad de Corinto para predicar el mensaje del evangelio, se cuidó mucho de cómo llegar a sus oyentes. Su preocupación no era sólo el contenido de su mensaje (como sería de esperar, basándonos en la forma que escribe sus cartas) sino también la forma que usaba para presentarlo. Como recordatorio a los corintios, describe esta forma en los primeros cuatro versículos de su carta:


Yo mismo, hermanos, cuando fui a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con gran elocuencia y sabiduría. Me propuse más bien, estando entre ustedes, no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y de éste crucificado. Es más, me presenté ante ustedes con tanta debilidad que temblaba de miedo. No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes sino con demostración del poder del Espíritu (2 Corintios 2:1-4).


Al pensar en lo que está diciendo aquí, sospecho que Pablo ha sido influido por dos factores: uno, histórico y el otro, personal.


Primero, como podemos aprender de prácticamente cualquier relato histórico de la civilización griega, sabemos que Corinto era una de las principales ciudades-estado de Grecia. En este punto de la historia, era bastante cosmopolita, ya que era una mezcla de griegos nativos, colonos romanos y otras nacionalidades, incluyendo una gran colonia de judíos. Debido a su proximidad a dos mares, Corinto tenía una ventaja natural en el comercio y prosperó como centro del comercio entre Asia e Italia. Sus ciudadanos estaban orgullosos de sus logros artísticos, su habilidad política y sus indagaciones filosóficas. También eran conocidos como un pueblo muy inmoral y depravado, una característica fomentada por las formas degradadas de sus prácticas religiosas.


Pablo sabía que todo intento de alcanzar a los corintios con el evangelio no debía apelar de ninguna forma a su orgullo o intereses pervertidos. Ya había explicado esto en el primer capítulo de su carta, donde dice que él debe predicar el evangelio “sin discursos de sabiduría humana, para que la cruz de Cristo no perdiera su eficacia” (1 Corintios 1:17). Lo que creo que está diciendo Pablo aquí es que es posible anular el impacto del mensaje del evangelio si simplemente se trata de atraer la atención de las personas a través de un área de sus vidas del cual deben arrepentirse antes de poder recibir el mensaje. Sería como salpicar un mensaje evangelístico con humor lascivo. Una técnica de este tipo probablemente mantenga la atención de quienes más necesitan el mensaje, pero difícilmente cause la convicción del pecado de la lascivia y conduzca a su salvación.


Segundo, los viajes de Pablo lo habían llevado previamente por la ciudad griega de Atenas, donde había predicado a los filósofos en el Areópago. Su mensaje está resumido al final de Hechos 17, y es usado frecuentemente como modelo de cómo comunicar el evangelio a los intelectuales. Sea como fuere, no considero que haya sido demasiado exitoso. Su respuesta se describe mayormente en términos algo escépticos. Sugiero que puede haber salido de esa experiencia determinado a tomar un enfoque distinto cuando vino luego a Corinto.


Exploraremos ese enfoque mañana.


Traducción: Alejandro Field
Artículo original: Intellectual Repentance, Part 1 (of 6)

 



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