14/08/2007 Fuente: Razones para Creer

Creación y evolución: ¿dónde está el conflicto?

Fernando Saraví

Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) dijo que la verdad es tan perjudicada por la mentira como por el silencio. Este aforismo es muy pertinente sobre el supuesto conflicto entre las ciencias naturales y “la religión”, que en general es referida al cristianismo en sus diversas manifestaciones.

 

Como médico, sé bien que es muy difícil prescribir un tratamiento eficaz si el diagnóstico está equivocado. En esta misma columna, con fecha 11 de diciembre pasado, Luis Triviño y Edgardo Zotelo opinan que el citado conflicto “tiene su clarísimo origen en la empecinada negativa de las autoridades religiosas a aceptar las innovaciones científicas que cuestionan sus dogmas”, es decir, “en las ortodoxias religiosas que se ven amenazadas por el racionalismo y el empirismo del pensamiento científico”.

 

Como ejemplos concretos citan dos casos: El de Galileo, demasiado complejo para reducirlo a un mero conflicto entre ciencia y religión, y el de Teilhard de Chardin, cuyo intento de síntesis científica-religiosa fue tanto rechazada por la Iglesia Católica como ignorada por los científicos materialistas. En consecuencia, conviene explorar ejemplos más pertinentes. Pero antes hay que aclarar qué se discute.

 

Lo que propuso Darwin

Charles Darwin postuló un posible mecanismo para explicar la aparición de las diversas especies biológicas a partir de otras más simples. En la descendencia de cada especie se producirían al azar modificaciones hereditarias (hoy llamadas mutaciones) y las condiciones ambientales (selección natural) favorecerían la reproducción de los organismos con mutaciones favorables. Llamó a esta noción “supervivencia de los más aptos” o “selección natural”. Estos cambios se habrían producido muy gradualmente a lo largo de millones de años, y habrían dado lugar a la transformación de unas especies en otras.

 

El desarrollo de la genética, la biogeografía, la estadística de poblaciones, la paleontología y la biología molecular permitió reformular la hipótesis de Darwin en lo que es la teoría sintética o neodarwinismo, hoy defendida como la ortodoxia científica.

 

Muchas iglesias admiten la evolución como teoría científica

La hipótesis de Darwin despertó reacciones muy diversas por parte de los religiosos. Como ejemplo, los dos más grandes teólogos del famoso Seminario de Princeton adoptaron posiciones contrarias. Charles Hodge concluyó que el darwinismo era franco ateísmo, pero Benjamín B. Warfield pensaba que la teoría de la evolución no era incompatible con la fe cristiana ortodoxa.

 

Las posiciones oficiales actuales de diferentes confesiones que reconocen el Antiguo y Nuevo Testamento como Sagradas Escrituras también son variadas. Algunas, como las Asambleas de Dios, la Iglesia Adventista del Séptimo Día y los Testigos de Jehová son explícitamente contrarias al neodarwinismo. En general, basan su postura en una comprensión literalista del Génesis. Otras, como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos días (mormones), ciertas ramas estadounidenses de los bautistas y luteranos y la Iglesia Ortodoxa Griega no han suscripto ni rechazado oficialmente el neodarwinismo.

 

Por lo demás, las iglesias que en su conjunto poseen la mayor cantidad de miembros en el mundo no son hostiles al neodarwinismo, al cual admiten como teoría científica compatible con su credo religioso. Es sabido que los restos de Darwin reposan en la Abadía de Westminster, junto con los de otros famosos compatriotas como Shakespeare, Newton, Cromwell, y Churchill. La Iglesia Anglicana nunca condenó el darwinismo. Lo mismo es cierto de la Iglesia Episcopal, la Iglesia Presbiteriana USA, la Iglesia Metodista Unida y, desde luego, la Iglesia Católica.

 

Estas iglesias estiman que el relato bíblico no implica necesariamente una creación en siete días de 24 horas. De hecho, que los “días” de la creación fuesen realmente eras muy prolongadas fue sugerido por muchos autores cristianos primitivos, como Justino Mártir, Ireneo de Lyon, Hipólito de Roma, Clemente de Alejandría y Agustín de Hipona en Sobre el significado literal de Génesis.

 

Como al parecer hay una confusión persistente al respecto, es necesario elaborar la posición católica. Primero, el darwinismo como teoría científica jamás ha sido oficialmente condenado por la Iglesia Católica. Segundo, en la Encíclica Humani generis (1950), Pío XII dijo explícitamente que el magisterio de la Iglesia permite el estudio del darwinismo en relación con el origen del cuerpo humano a partir de materia viva preexistente. Tercero, casi medio siglo más tarde (1996), Juan Pablo II declaró que “nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis”.

 

Por otra parte, la cosmovisión católica, como la de muchos otros cristianos, distingue cuidadosa y adecuadamente entre el neodarwinismo, aceptado como teoría científica en sentido estricto, y la filosofía materialista que extrae de ella conclusiones metafísicas no justificadas por la evidencia.

 

Contrabando metafísico desde la ciencia

En el conflicto entre ciencia y religión suele silenciarse un aspecto, que es sin embargo un obstáculo crucial para un diálogo sereno y productivo. Se trata de la actitud dogmática y beligerantemente antirreligiosa adoptada por algunos científicos y popularizadores de la ciencia, que emplean el neodarwinismo como argumento contra la fe cristiana (entre otras).

 

La clave del asunto es que, en su formulación clásica, el neodarwinismo sostiene que los cambios evolutivos son, en palabras de Jacques Monod, el resultado del azar y la necesidad. O, como dijo George Gaylord Simpson, “El hombre es el resultado de un proceso natural que no le tenía en mente”. Estas ideas no son los hechos mismos, sino una interpretación de ellos, obviamente incompatible con la fe cristiana. De cualquier manera que se lo adorne, la noción de que el hombre es un accidente de la naturaleza tiene implicaciones muy diferentes -algunas tan prácticas como siniestras- que la noción del hombre como imagen de Dios. Los libros de Richard Dawkins, como El relojero ciego y Trepando el monte Improbable son un buen ejemplo de ateísmo militante.

 

No obstante, dado que el ámbito de estudio de la ciencia es el universo material, por su propio método y naturaleza ella no puede demostrar la existencia de Dios o su inexistencia. Cuanto más, puede proporcionar evidencia que torne una creencia más o menos plausible. Recientemente Alister McGrath, doctor en biología molecular y en teología, publicó una refutación abrumadora de los argumentos de Dawkins. Este último declaró que el evolucionismo le permite ser un ateo intelectualmente satisfecho, pero a otros, como el director del proyecto Genoma Humano, Francis Collins, el cristianismo le permite ser un evolucionista intelectualmente satisfecho.

 

No todos los científicos admiten la explicación darwinista

Otro aspecto importante a considerar es la naturaleza provisoria de la interpretación científica de los hechos. Algunas teorías se consolidan con el tiempo, pero otras son descartadas o modificadas sustancialmente a la luz de nuevos conocimientos. Para la mayoría de los científicos, el neodarwinismo es hoy la mejor explicación sobre la diversidad biológica. Esto no significa que siga siéndolo dentro de uno o dos siglos. Hasta el siglo pasado, los materialistas sostenían que el cosmos era eterno. Hoy casi todos admiten que tuvo un inicio, con el llamado Big Bang.

 

La teoría darwinista fue rechazada por biólogos eminentes como el profesor de Harvard Louis Agassiz (1807-1873), y en el siglo XX por el francés Pierre Grassé, director de un tratado de Zoología en 28 tomos, y el italiano Giuseppe Sermonti, director de la revista de biología más antigua que existe. En el año 2001, cien eruditos eminentes firmaron el Disenso científico con el darwinismo, declarándose escépticos sobre la capacidad las mutaciones al azar y la selección natural para explicar la complejidad de la vida (aunque dichos mecanismos basten para explicar cambios menores). Actualmente la lista de firmantes supera 600 científicos de instituciones académicas de todo el mundo.

 

El surgimiento de las especies por selección natural es esencialmente una teoría histórica para explicar lo que hoy vemos, y sus conclusiones dependen en gran medida de sus presupuestos. En El origen de las especies, Darwin no trató del origen de la vida, ya que presupuso la existencia de organismos simples. Poco después, Louis Pasteur desacreditó decisivamente la creencia en la generación espontánea de la vida. Todo ser vivo que hoy existe proviene de otro ser vivo. No obstante, el naturalismo sostiene que la vida surgió, al menos una vez en el pasado, de materia inerte. Un siglo y medio más tarde, aún falta una explicación científica adecuada sobre cómo se originó el primer organismo vivo.

 

Información, el eslabón perdido

Es sabido que un organismo vivo necesita materia y fuentes de energía. Son necesarias, pero puede no ser tan obvio que ellas no son suficientes. Es imprescindible además información, que no es en sí misma materia ni energía aunque requiera de éstas para transmitirse y conservarse.

 

Todo organismo necesita una asombrosa cantidad de información (presente principalmente en el genoma) para mantenerse vivo. Pero es teórica y empíricamente imposible que la materia y la energía generen por sí mismas información. No hay explicación naturalista suficiente acerca del origen de la información biológica.

 

Además, no se conoce forma alguna en que un proceso meramente azaroso -incluso auxiliado por la selección artificial o natural- pueda generar nueva información. En el caso ideal podría conservar la información ya existente; en la realidad son mucho más las mutaciones que degradan la información que aquéllas que la conservan. Incluso mutaciones que pueden ser ventajosas en determinado ambiente involucran pérdida de información, no ganancia.

 

Conclusiones

Aunque las iglesias cristianas rechazan la filosofía materialista que reduce lo existente y cognoscible exclusivamente al ámbito del mundo natural, la mayoría admite el neodarwinismo como teoría científica. Por otra parte, algunos científicos van más allá de la evidencia al negar un ámbito sobrenatural que, de existir, no es accesible a su disciplina.

 

Por tanto, es erróneo suponer la existencia de un conflicto entre ciencia y religión. El verdadero conflicto se plantea entre dos concepciones diferentes de la realidad, o cosmovisiones, y esto explica su persistencia.

 

Enviado al diario LOS ANDES, Diciembre de 2006.

 



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