25/07/2007 Fuente: El Centro para la BioÚtica y la Dignidad Humana

Encontrar lo humano en la bioÚtica cristiana

Amy Laura Hall

¿Es esto, por cierto, amor: querer encontrarlo fuera de uno mismo? Yo pensaba que esto es amor: traer amor junto con uno. Pero quien trae amor junto con uno al buscar un objeto para su amor (en caso contrario, es mentira que esté buscando un objeto para su amor) encontrará fácilmente, y más fácilmente cuanto mayor es el amor en él, el objeto, y encontrará que es algo capaz de ser amado.

-- Kierkegaard, Las obras del amor.

 

Un huérfano en el bosque, ¿tiene una voz si no hay nadie que escuche su llanto? ¿Y si otro morador del bosque lo percibe como su próxima comida? Este huérfano proposicional, ¿es un “él” o “ella” en algún sentido significativo, clamando de alguna forma pertinente por el cuidado o la atención de aquellos que quieren desestimarlo, manipularlo o devorarlo? La revolución biotécnica evoca nuevamente esta pregunta, una pregunta que es mucho más antigua que el Proyecto del Genoma Humano o el debate sobre la investigación con células madre embrionarias. ¿Cómo detecta uno los rasgos que asisten a una vida que vale la pena ser vivida, una vida que vale la pena ser salvada o una vida que vale la pena ser protegida?

El campo relativamente nuevo de la bioética funciona a caballo de la ciencia de vanguardia. A medida que científicos universitarios diseñan hombres-cerdo y “humanzees”[1], a medida que pregnancy.com ofrece a las mujeres la oportunidad de terminar su embarazo para elegir el sexo “antes que aparezca”, algunos filósofos morales y teólogos buscan hacer un alto indagando en los marcadores definitivos de la condición de humano.

 

Hay, por lo tanto, varias voces que gritan Enough! (¡Basta!) en Estados Unidos. Tomando de diversas vertientes dentro de la filosofía y teología occidental, eruditos estadounidenses que concuerdan en pocas otras cosas se encuentran ávidos por cooperar en delinear las fronteras de la vida verdaderamente humana. La ecointerrogación de la tecnología médica de McKibben, Enough: Staying Human in an Engineered Age (Basta: Mantenerse humano en una era ingenierizada), se ha vuelto un texto clave para los izquierdistas que desconfían de la biotecnología irrestricta. Advirtiendo especialmente contra la intervención genética germinal humana, McKibben sugiere que las generaciones de mejoramientos posgenéticos pueden ser, en un sentido importante, ya no humanas; los nietos ya no serán el mismo tipo de criaturas que sus abuelos. A la luz de esta desconexión con nuestra herencia genética primordial, es hora de decir Basta, porque McKibben concluye: “[Ya] somos capaces de las transformaciones adicionales necesarias para redimir al mundo”.1

Francis Fukuyama saca conclusiones similares en su reciente trabajo sobre bioética. Apoyándose en su interpretación hegeliana previa de la democracia como un reino de fines, Fukuyama ahora espera apuntalar los contornos básicos de la existencia humana dada contra la erosión mediante la biotecnología. En su libro Our Posthuman Future: Consequences of the Biotechnology Revolution, Fukuyama comienza el primer capítulo con una cita de The Question Concerning Technology de Martín Heidegger:

 

La amenaza al hombre no viene en la primera instancia de las máquinas y aparatos potencialmente letales de la tecnología. La verdadera amenaza siempre ha afligido al hombre en su esencia. La regla de encuadre (Gestell) amenaza al hombre con la posibilidad de que le podría ser denegado ingresar a una revelación más original y, por lo tanto, de experimentar el llamado de una verdad más primaria.2

El sentido de que hay, por debajo de las acumulaciones de la cultura, el “llamado de una verdad más primaria” impulsa tanto la resistencia de Fukuyama como de McKibben a Our Posthuman Future (nuestro futuro poshumano). La fuente de esa verdad, según Fukuyama, puede encontrarse dentro de un estrato fundacional que corre por debajo de las tradiciones específicas de la religión occidental.3

Al enseñar a estudiantes de grado, este movimiento filosófico se vuelve aplicable inmediatamente. Me he encontrado pensando: “Sin duda, enterrado debajo de las acumulaciones tecnológicas de la existencia de organismos cibernéticos (cyborgs) de la nueva generación hay algún sentido de lo que significa ser puramente, naturalmente humano”. También me he encontrado dependiendo de la realidad de una división discernible entre el pasado y el futuro. De nuevo, me digo a mí misma mientras me preparo pedagógicamente para encarar la clonación, las quimeras o las pruebas prenatales: “Sin duda, aun quienes están dentro de la generación del iPod/TiVo deben percibir la verdad de una frontera entre, por un lado, un verdadero humano, más natural y previo y, por otro lado, un futuro biotecnologizado que se está volviendo poshumano”. En mi extremo más desesperado, me encuentro asumiendo el personaje de Church Lady (Mujer de Iglesia) de Dana Carvey, mezclado con su rendición de Grumpy Old Man (Viejo Gruñón).[2] “Pero si cuando yo era niño no necesitábamos pruebas de preimplantación genética o transferencia nuclear de células somáticas y, si las hubiésemos tenido, las habríamos reconocido como herramientas de Satanás”. La búsqueda de una condición humana verificable y alguna frontera entre antes y después de la existencia biotecnologizada es atractiva.

Sin embargo, me preocupa este tipo de argumento bioético.

La primera preocupación es lo que llamaré la contrarréplica de Katha Pollitt. Pollitt es una columnista de la revista The Nation, y hace la siguiente pregunta (paráfrasis mía): “Miren alrededor; ¿acaso Estados Unidos parece un país de personas que reconocen la dignidad de cada vida humana?”. “Sí, claro...”, responden muchos críticos de izquierda. Esta perspectiva me golpeó recientemente al volver a leer Savage Inequalities (Desigualdades salvajes), de Jonathan Kozol. Según yo lo veo, clonar vida humana es repugnante, pero de una forma que es formalmente idéntica a mi repugnancia ante la disparidad entre los niños ricos y pobres en el sistema de escuela pública estadounidense. La vida en los márgenes ya es barata, o cara, dependiendo de su valor de uso. La vida en Estados Unidos, ¿se volverá cualitativamente menos humana si seguimos adelante con la clonación procreadora o terapéutica? Es difícil sostener esto, dado los patrones de abandono actuales. Considere este pasaje de Kozol:

 

St. Louis Este –al que la prensa local se refiere como “una ciudad interior sin una ciudad exterior”– tiene algunos de los niños más enfermos de Estados Unidos. De 66 ciudades del estado de Illinois, St. Louis Este ocupa el primer lugar en muerte fetal, primero en nacimientos prematuros, y tercero en muerte infantil. Entre los factores negativos indicados por el director de salud de la ciudad se encuentran aguas residuales que corren por las calles, aire que ha sido contaminado por las plantas locales, los elevados niveles de plomo en el suelo, pobreza, falta de educación, crimen, viviendas desvencijadas, insuficiente cuidado de la salud, desempleo. El cuidado hospitalario es deficiente también. No hay un lugar para tener un bebé en St. Louis Este.4

Este conjunto de estadísticas simplemente roza la situación apremiante de niños que viven en barrios olvidados en todo el país, barrios que Kozol trae al lector que no se enteraría de otra forma. Esto debería brindar razones para la pausa. Dada la brecha que recorre la educación pública y la salud básica estadounidense, parece casi obsceno argumentar que la investigación en embriones humanos, las mejoras genéticas o cualquier procedimiento biotecnológico hará volar el puente que cruza la humanidad. Muchas mujeres indigentes en Estados Unidos replicarían diciendo que el puente nunca fue construido. Supongo que muchas de estas mujeres leerían Enough de McKibben y se preguntarían por qué los bioeticistas preocupados por proteger la dignidad humana no gritaron Enough (Basta) mucho antes.5 Los argumentos contra las mejoras biotecnológicas o la investigación con embriones suponen demasiado a menudo que somos personas que actualmente valoramos la vida humana. Los argumentos se apoyan en un consenso acerca de la dignidad humana que, visto desde abajo, francamente no existe.

Mi segunda preocupación está relacionada con la anterior. Me preocupa que la búsqueda de un humano más puro sea potencialmente también para opacar la indignidad de la historia humana. Profundice en la historia humana y encontrará una cantidad infinita de técnicas para acordonar, usar o exterminar criaturas que ciertamente aparecen hoy, en retrospectiva, como humanas. El mismo Heidegger a quien apela Fukuyama anhelaba una Alemania más primaria en un pasado pretecnológico. Las raíces de la campaña eugenésica nazi provinieron en gran parte de esta clase de anhelos.

He llegado a sospechar que, para cristianos involucrados en la bioética, no puede haber ni una verdad más primaria ni un humano definido aparte del nacimiento, vida, muerte y resurrección de un humano en particular. Esta sospecha, y testimonio, es informada por mi estudio continuo de un laico cristiano algo extraño que escribe en un idioma oscuro (danés) sobre la fe de quienes los europeos consideraban ciudadanos remotos, un hombre que murió con una discapacidad y sin hijos cuatro años antes que Darwin publicara El origen de las especies. Una frase que Kierkegaard eliminó de sus Fragmentos filosóficos parece particularmente conducente:

 

Lástima que a Hegel le faltó tiempo; pero si dispusiésemos de toda la historia del mundo, ¿cómo obtendríamos el tiempo para la pequeña prueba acerca de si el método absoluto, que explica todo, es capaz también de explicar la vida de un único ser humano? En tiempos antiguos, uno se habría sonreído ante un método que puede explicar toda la historia mundial absolutamente pero no puede explicar una única persona aun mediocremente . . .6

He llegado a sospechar que las cuestiones apremiantes de la biotecnología y la condición humana hoy exigen no tanto que indaguemos más profundamente en la humanidad para encontrar lo definitivamente humano, o algún pasado humano previo y más puro, sino que nos descubramos a nosotros mismos como hallados por quien define, en su propia persona, la vida y el amor mismos.

Traducción: Alejandro Field

Artículo original: Finding the Human in Christian Bioethics

1 Bill McKibben, Enough: Staying Human in an Engineered Age, (New York: Henry Holt, 2003) 114.

2 Fukuyama, Our Posthuman Future: Consequences of the Biotechnology Revolution (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2002), 3.

3 Fukuyama es sumamente explícito acerca de la necesidad de recuperar este estrato en los capítulos 8 y 9 de “Human Nature” y “Human Dignity.”

4 Jonathan Kozol, Savage Inequalities: Children in America’s Schools (New York: Crown Publishers, Inc., 1991; HarperCollins, 1992), 20.

5 Bill McKibben publicó un ensayo en Harper’s Magazine (August 2005) en el que aboga firmemente por la priorización nacional de la pobreza. Considero que es un agregado crucial a la conversación. Ver “The Christian Paradox: How a Faithful Nation Gets Jesus Wrong.”

6 Kierkegaard, Philosophical Fragments, (Supplement, Revision of Pap. V B 14) 206.

Amy Laura Hall, Ph.D., es Profesora Asistente de Ética Teológica en Duke Divinity School, en Durham, Carolina del Norte.

 


[1] Un término usado para referirse a un posible híbrido mitad humano y chimpancé (Wikipedia).

[2] Se refiere a dos personajes del actor Dana Carvey en el programa cómico Saturday Night Live.



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