29/07/2007 Fuente: El Centro para la BioÚtica y la Dignidad Humana

'El mensajero del miedo' y menores que asesinan: reflexiones sobre el control mental y la responsabilidad moral

Kami Bevington

“Fascinante” y “arrebatadora” son palabras que escojo infrecuentemente para describir la atracción de una película, pero creo que describen correctamente a El mensajero del miedo de Jonathan Demme.1 Esta película, que se centra en las mentes y los recuerdos de los veteranos de la Guerra del Golfo, empujó mis propios pensamientos a un nivel tan profundo que me costó encontrar la salida de la sala de cine. Más que simplemente agradar al público, El mensajero del miedo, que cuenta con actuaciones soberbias, suspenso y sorpresa, plantea preguntas acerca del control mental y la responsabilidad moral de una forma que nos señala una verdad fundamental acerca de quiénes somos como seres humanos.

 

Esta nueva versión de 2004 del clásico de John Frankenheimer de 1962 comienza con una escena de la Tormenta del Desierto en la que el mayor Ben Marco (Denzel Washington) y el sargento Raymond Shaw (Liev Schreiber) eran camaradas. Mientras que al sargento Shaw se le otorga posteriormente la Medalla de Honor del Congreso por salvar a su unidad heroicamente durante una emboscada, el mayor Marco no es tan afortunado. Marco, que sufre de terribles pesadillas que son diagnosticados erróneamente como Síndrome de la Guerra del Golfo, comienza a sospechar –y obtiene evidencia que lo respalda– de un lavado de cerebro realizado tecnológicamente a soldados de la Tormenta del Desierto impulsado por la compañía multinacional Manchurian Global. Este adoctrinamiento fue ideado para poner a Shaw en la Casa Blanca, pero en cambio ocurre una serie de tragedias imprevistas que involucran a Shaw, Marco y al gobierno federal.

 

Con el foco en la pantalla por los recientes premios Oscar, muchas personas están hablando acerca de qué películas le gusta a la Academia, y por qué. Ciertamente muchos espectadores aprecian aquellas películas que transmiten algo de la esencia (sea positiva o negativa) de la existencia humana. La reciente seguidilla de películas sobre “neuroética”2 (que incluyen La memoria de los muertos3 y ¡Olvídate de mí!,4 que ganaron un Oscar por Mejor Guión Original), ¿describe de forma realista la capacidad actual de los científicos para alterar esta esencia mediante la manipulación de la mente humana? Si bien el neurólogo Jay Lombard, asesor científico de El mensajero del miedo, dijo que la película “no está tan lejos” si consideramos la dirección de la neurociencia, ¿tiene esta película implicaciones para la vida real nuestra ahora?5 Por tentador que sea luchar con las perspectivas y los peligros aún futuristas del lavado de cerebro basado en la biología (ej: el logrado por los chips de control mental de El mensajero del miedo), creo que la película plantea preguntas relacionadas con la vida de hoy día que son muy apasionantes. Estas preguntas exigen una respuesta ahora y, por cierto, están siendo respondidas ahora, con impactos que seguramente demostrarán ser de largo alcance.

 

Considere la decisión de este mes de la Corte Suprema, por 5 a 4, de abolir la pena de muerte para delincuentes menores de edad.6 Si bien la legitimidad general de la pena capital ha sido debatida por mucho tiempo, el caso que llevó a la decisión del 1 de marzo se centró en la juventud del criminal condenado, por razones muy vinculadas con el floreciente campo de la neuroética. Según la opinión de la mayoría de la Corte, el juez Anthony Kennedy citó la “inestabilidad y desequilibrio emocional de los jóvenes” como factores posibles del crimen juvenil.7 Don Smarto, presidente de Youth Direct, de Dallas, Texas, puso la mira en las características fisiológicas de los cerebros jóvenes, que pueden hacer que los jóvenes sean menos capaces de controlar sus impulsos y evaluar las consecuencias. Smarto también asintió a la presión de pares como un aspecto que podría hacer que los jóvenes sean más propensos a la actividad criminal.8 El ex presidente Jimmy Carter hizo su aporte: “Este dictamen reconoce la profunda inconsistencia de prohibir a quienes tienen menos de 18 años votar, servir en el ejército o comprar cigarrillos, mientras les permite ser sentenciados al castigo último”.9 En el comentario de Carter está implícita la creencia de que los jóvenes carecen de la capacidad plenamente desarrollada de tomar decisiones, sea para respaldar a un candidato político, alistarse en el ejército, fumar sustancias dañinas... o poner fin a la vida de una persona.

 

A esta altura tal vez se esté preguntando cómo se relaciona esta decisión de la corte más elevada del país con los giros complejos que caracterizan a El mensajero del miedo. Creo que esta película plantea preguntas sumamente complejas para las que al parecer carecemos de respuestas bien construidas y avaladas por el tiempo. Esta clase de preguntas surgirá cada vez más en las arenas de la justicia criminal y la responsabilidad moral, especialmente a medida que avance la investigación genética y neurocientífica. Entre ellas está la pregunta de si los perpetradores del mal considerados físicamente o mentalmente propensos a llevar a cabo actos violentos deben ser considerados más culpables que personas que cometen males similares debido a que otra persona las ha “pre-dispuesto” (mediante medios tecnológicos) a participar en un comportamiento criminal. Una segunda pregunta –no menos difícil– es si existe siquiera una clara distinción entre estos escenarios.

 

Debido en gran parte a lo que el presidente George H. W. Bush proclamó como la “Década del cerebro” (la década de 1990)10 y a la ampliamente anunciada “Era genómica”,11 la mayor parte de la sociedad está familiarizada (al menos en cierto grado) con conceptos que vinculan nuestros comportamiento con componentes neurales o genéticos. El reciente nacimiento de la neuroética, la nueva versión de El mensajero de miedo y la decisión histórica de la Corte Suprema nos impulsan nuevamente a lidiar con una miríada de preguntas acuciantes con relación a la dinámica del determinismo.12 Considere las siguientes situaciones, algunas ficticias, algunas reales.

 

En El mensajero del miedo, el mayor Ben Marco y el sargento Raymond Shaw son inducidos tecnológicamente a llevar a cabo actos criminales que la película sugiere (al menos en el caso de Marco) que quedarán sin castigo. Por cierto, una de las escenas finales muestra un encubrimiento del gobierno federal para asegurar que Marco quede libre. Aparentemente cableado para un mal que él mismo no habría elegido, Marco es víctima de las mentes temibles de Manchurian Global y, según sugiere la película, no debería ser considerado responsable de sus acciones. Por razones que van más allá de la personalidad atrayente de Denzel Washington, creo que la mayoría de los espectadores apoyan fervorosamente la absolución de su personaje. Pero deberíamos preguntar si los sentimientos de los espectadores diferirían si se hubiera sabido que el personaje de Washington tenía una predisposición biológica innata hacia la violencia. ¿Sería considerado entonces, al menos en cierto grado, más culpable de sus crímenes? Y, en ese caso, ¿debería ser así?

 

Piense también en el caso raro pero tomado de la vida real en el que se descubre que un maestro de escuela condenado por pedofilia tiene un tumor cerebral supuestamente vinculado con sus crímenes.13 Dado el aparente vínculo causal entre la estructura cerebral del hombre y su comportamiento repentinamente inaceptable, ¿debería haber sido absuelto de responsabilidad moral por sus acciones?14 Suponga que se demuestra que una mujer tiene una propensión a mentir que tiene una base genética. ¿Debería ser castigada si mintió bajo juramento? Siga imaginando, como aparece en El mensajero del miedo, que una persona es inducida tecnológicamente por otros a deshacerse de todo el que se interponga a un cuidadosamente calculado ascenso al poder. Sospecho que la mayoría de las personas estarían más dispuestas a excusar la responsabilidad del asesino en este último relato, y que la lenidad hacia el pedófilo y la mentirosa crónica serían al menos algo menor que si sus tendencias abyectas fueran también debido a la manipulación tecnológica. Al parecer, sin embargo, estos escenarios nos deberían llevar a considerar si estas aplicaciones de justicia serían realmente justas. Es decir, ¿deberían el pedófilo y la mentirosa ser sometidos al castigo y se le debería conceder la libertad al asesino (una libertad, vale la pena notar, orquestada en El mensajero del miedo por las mismas personas capaces de demostrar la culpabilidad del mayor Marco)? Si bien no estoy abogando aquí por la absolución o la atribución de responsabilidad moral en ninguno de estos casos, sí creo que iluminan la necesidad de evaluar si hay distinciones moralmente importantes entre estos escenarios que los harían marcadamente distintos. En un intento por fomentar esa búsqueda, ofrezco los siguientes pensamientos:

 

  • ¿Debería el mal inducido tecnológicamente (ej: mediante un chip o un implante) ser sopesado según su propia escala moral, mientras se usa otra medida para evaluar el mal que parece ser culpa significativa de los genes o la estructura cerebral de una persona? Además, el nivel de influencia de cualquiera de estas fuentes de mal ¿superan o palidecen en comparación con el abuso físico o psicológico que acecha en el pasado de tantos criminales? Es decir, ¿hay verdaderamente significativas diferencias morales entre los factores genéticos, neurales, ambientales y otros externos que pueden hacer que una persona sea más propensa a cometer actos violentos? Tal vez sea sorprendente que la dinámica destructora de las familias disfuncionales ha recibido al menos un voto positivo como “la forma más devastadora de control mental”.15 El mensajero del miedo nos invita a evaluar si las distintas versiones de “determinismo no tecnológico” difieren sustantivamente del “determinismo tecnológico” del cual Ben Marco y Raymond Shaw fueron víctimas. Y, de ser así, cuánto y en qué medida.

  • Aparte de la cuestión de distintos niveles de influencia y subsiguientes grados de responsabilidad moral, ¿es siquiera sensato hablar de una clara línea entre el determinismo “tecnológico” y el “no tecnológico”? Esta distinción entre estos términos, si se considera válida hoy, ¿persistirá a medida que se desarrolla nuestra comprensión de la naturaleza humana? Por ejemplo, si dos personas fueran “cableadas” mediante un chip o un implante para realizar atrocidades horrendas, y una las comete pero la otra se abstiene, ¿cómo debería atribuirse la culpa a la persona culpable? ¿Debería la fuente del mal ser denominada “tecnológica” o “no tecnológica”? ¿O una mezcla de ambas? Aparentemente aquí nos vemos enfrentados a una interfaz compleja similar al eterno debate de “naturaleza versus crianza”.16

  • Ahora que el sistema judicial otorga primacía a la edad de un criminal juvenil (tomando en cuenta el nivel de desarrollo cerebral, entre otros factores) ¿qué consecuencias podrían surgir, si es que surge alguna, para criminales adultos? Si bien mi intención aquí no es abogar por la ejecución de menores ni sugerir necesariamente que la Corte se equivocó en su dictamen, sí quiero reconocer las posibles implicaciones de la decisión para el sistema judicial como un todo. Por ejemplo, creo que sería concebible que el cerebro de un criminal adulto también pudiera estar estructurado de forma que sea más propenso a cometer un crimen. Además, ¿no podría un adulto también sucumbir ante la presión de pares citada por Smarto17 o a la “inestabilidad y desequilibrio emocional de los jóvenes”, aducida por el juez Kennedy,18 que aumentan la susceptibilidad de los jóvenes a llevar a cabo actos violentos? Si bien podríamos no saber si dicha dinámica está presente, todos podemos recordar casos en los que asesinos potenciales o madres que mataron a sus hijos plantearon la insania cuando fueron juzgados ante un tribunal; tal vez estos alegatos ya no serán considerados como la mejor opción para estas personas. No estoy propugnando aquí que esta clase de perpetradores salgan libres, sino simplemente que consideremos más cuidadosamente la complejidad que esta clase de escenarios, y nuestra respuesta a ellos, plantean a la luz de la reciente decisión de la Corte Suprema.

 

Además de una trama con escenas cada una más intrincadas que la anterior, El mensajero del miedo es una muestra de muchas de las realidades y complejidades de la naturaleza humana. Si bien no estamos al tanto de las constituciones genéticas, psicologías cerebrales o experiencias infantiles de los cerebros detrás de Manchurian Global, estas personas sin duda no fueron inducidas genéticamente a realizar el mal insidioso que pergeñaron tan astutamente. A la inversa, Shaw y Marco (que presuntamente no habrían orquestado estos planes asesinos) cometieron resolutamente actos que causaron un intenso dolor y sufrimiento; sin embrago, vale la pena notarlo, sintieron remordimiento al hacerlo. Aquí El mensajero del miedo traza una línea no sólo entre el bien y el mal sino entre seres humanos buenos (es decir, Marco y Shaw) y seres humanos malos (es decir, los vinculados a Manchurian Global). Creo que la mayoría de las personas encuentran satisfactoria esta distinción, ya que les gusta considerarse ellas mismas como moralmente buenas, y fundamentalmente diferentes de quienes no lo son. Esta clase de deseo puede tentarlas a (por atemorizador que parezca) asignar el origen del mal a un código genético que salió mal, neuronas que fallan críticamente, padres abusadores o ciertas inducciones tecnológicas, pero ¿se requiere de algunas de estas circunstancias para que actuemos de formas indebidas? ¿O hay otros aspectos compartidos por toda la humanidad que nos impulsan, en ciertas circunstancias, a hacer el mal?

 

Tal vez nuestros intentos por localizar el mal centrando su fuente en componentes genéticos, neurales, ambientales o tecnológicos –y a asignar justicia basándonos en dichas asignaciones– demostrarán ser demasiado grandes para nosotros. Tal vez deberíamos darnos cuenta y reconocer que todo ser humano es inherentemente capaz de iniquidades tan graves que serían impensables, y que el medio a través del cual son engendradas podría no ser importante en última instancia. Tal vez deberíamos considerar también seriamente si debería descartarse por completo alguna vez la culpabilidad moral para la maldad, independientemente de su causa aparente o alegada.

 

Nuestros conceptos relacionados con la responsabilidad moral probablemente exijan una mayor reflexión si hemos de poseer un marco consistente e integral para dispensar justicia. Tal vez la búsqueda de una comprensión cada vez más robusta de los aspectos comunes de la naturaleza humana sería un prometedor primer paso en arbitrar lo que seguramente serán casos judiciales cada vez más complejos. Tal vez morir a la idea de que somos innatamente buenos demostrará ser esencial para la sólida reflexión neuroética, así como para el perdón y el florecimiento de todos los seres humanos.CBHD

 


1 http://www.manchuriancandidatemovie.com (consultado el 10 de marzo de 2004).

 

2 Para una introducción útil del campo de la neuroética, ver Neuroethics: Mapping the Field (Actas del Congreso: 13 y 14 de mayo de 2002, San Francisco), ed. Steven J. Marcus y distribuido para Dana Press, 2004.

 

3 http://www.finalcutfilm.com (consultado el 11 de marzo de 2005).

 

4 http://www.eternalsunshine.com (consultado el 11 de marzo de 2005).

 

5 Vergano, Dan, "Mind Control: More Than Just a Plot Point?" USA Today, 28 de julio de 2004 http://thestressoflife.com/mind_control.htm (consultado el 17 de marzo de 2005).

 

6 Corte Suprema de Estados Unidos. Roper, Superintendent, Potosi Correctional Center v. Simmons. Certiorari para la Corte Suprema de Missouri. No. 03-633. Argumentado el 13 de octubre de 2004—Decidido el 1 de marzo de 2005. Disponible en: http://a257.g.akamaitech.net/7/257/2422/01mar20051300/
www.supremecourtus.gov/opinions/04pdf/03-633.pdf (consultado el 10 de marzo de 2005).

 

7 Ibid., p. 24.

 

8 Moody Broadcasting Network, Prime Time America, 2 de marzo de 2005. Disponible en: http://www.mbn.org (consultado el 10 de marzo de 2005).

 

9 Pena capital para menores: Declaración del ex presidente de EE.UU. Jimmy Carter sobre la decisión de la Corte Suprema de EE.UU. en Roper vs. Simmons. 1 de marzo de 2005. Disponible en: http://www.cartercenter.org/doc2031.htm (consultado el 10 de marzo de 2005).

 

10 Proclamación presidencial 6158. Presidente George H. W. Bush. 17 de julio de 1990. Disponible en: http://www.loc.gov/loc/brain/proclaim.html (consultado el 7 de marzo de 2005).

 

11 Ver, por ejemplo, The Genomics Age: How DNA Technology is Transforming the Way We Live and Who We Are. Smith, Gina. New York, NY: AMACOM Books, 2005.

 

12 La legitimidad del concepto de determinismo ha sido debatida ampliamente. Ver, por ejemplo, Nelkin, Dorothy and M. Susan Lindee. The DNA Mystique: The Gene as a Cultural Icon. New York: W.H. Freeman and Co., 1995.

 

13 Burns, Jeffrey M. and Russell H. Swerdlow. “Right Orbitofrontal Tumor With Pedophilia Symptom and Constructional Apraxia Sign.” Archives of Neurology 60 (March 2003): 437-440.

 

14 Es interesante señalar la declaración del investigador en neurología de University of Iowa Daniel T. Tranel con relación a este caso, que las personas con tumores cerebrales a veces pierden “su capacidad de controlar impulsos o prever las consecuencias de sus elecciones”, las mismas dos deficiencias que Don Smarto de Youth Direct destacó en respuesta a la decisión de la Corte Suprema de abolir la pena de muerte para menores de edad. Ver USA Today, “Doctors Say Pedophile Lost Urge After Brain Tumor Removed.” 28 de julio de 2003. Disponible en: http://www.usatoday.com/news/health/2003-07-28-pedophile-tumor_x.htm (consultado el 10 de marzo de 2004).

 

15 http://www.dvdverdict.com/reviews/manchuriancandidate2004.php (consultado el 10 de mazo de 2004).

 

16 Ver, por ejemplo, The Birth of the Mind: How A Tiny Number of Genes Creates the Complexities of Human Thought. Marcus, Gary. New York: Basic Books, 2004.

 

17 Moody Broadcasting Network, Prime Time America, 2 de marzo de 2005. Disponible en: http://www.mbn.org (consultado el 10 de marzo de 2005).

 

18 Corte Suprema de Estados Unidos. Roper, Superintendent, Potosi Correctional Center v. Simmons. Certiorari para la Corte Suprema de Missouri. No. 03-633. Argumentado el 13 de octubre de 2004—Decidido el 1 de marzo de 2005. Disponible en: http://a257.g.akamaitech.net/7/257/2422/01mar20051300/
www.supremecourtus.gov/opinions/04pdf/03-633.pdf (consultado el 10 de marzo de 2005).

 


Kami Bevington, M.A., es una escritora y editora independiente de tiempo completo cuyos principales clientes se encuentran actualmente en la industria de publicación de libros de texto. Su verdadera pasión es la neuroética, un campo en el cual espera realizar importantes investigaciones. Se la puede contactar por e-mail a neuroethicist@yahoo.com

 

Traducción: Alejandro Field

Artículo original: The Manchurian Candidate and Minors Who Murder: Musings on Mind Control and Moral Responsibility



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